El alimento de la filosofía

· Libros, Oxígeno
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Nos hallamos en una pequeña sala luminosa, recogida y silenciosa. Y llena de filósofos. Es hora de comer.

Suculenta imagen obtenida de 35photo.ru.

Nosotros, moscas curiosas, nos hemos colado en una fiesta a la que nadie nos ha invitado. Pero eso es lo de menos. Observamos. Vemos que algunos de ellos esperan ensimismados, en silencio. Otros anotan ideas, con la mirada perdida en el jardín, donde se reúne otro grupo, dividido a su vez en grupúsculos, de pensadores acalorados, ¡y no precisamente por el sol!… Están defendiendo y desnudando planteamientos.

De súbito, suena una pequeña campana y aparecen unos camareros, arrastrando unos cuantos carros atiborrados de distintos platos. La mayor parte de los filósofos se apresura a ocupar su lugar en el banquete.

En nuestra particular atalaya, ocultas entre las formas de los dibujos del papel pintado que cubre la pared, Federica, una mosca italiana muy amiga mía, me susurra:

La filosofía, como el cerdo, «se alimenta de cualquier cosa».

El genio incomprendido. Federico di Trocchio. Madrid. Alianza, 1999. Página 126.

Froto mis patas y asiento. Y, antes de alzar el vuelo, pienso en que la ciencia —hija, vecina o amiga de la anterior—, también es omnívora.

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