Metaerror

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Y el escritor, en el despacho, rodeado de compañeros, pendiente de presentar varios artículos a su redactor jefe, de ir acabando su novela, se obliga a una escritura rápida, pulsátil, alienada.

¿Alienada? Una llamada. Una palabra. El hilo de una conversación. Una frase inacabada. Todo es ruido dentro y fuera de él. Sus personajes también le hablan. Y están los plazos.

Observa su reloj de muñeca. No lo puede creer, se le ha ido media mañana. Entonces, revisa la hora en la pantalla. Y así comprueba que sí, que es cierto, tiene que escupir palabras a un ritmo (¿escribo frenético o fabril?, ¿se darán cuenta de que frecuento lugares comunes?, ¿un lugar común también es «un lugar común»?, ¿por qué me he perdido en un paréntesis?) fabril.

Y de repente, como un eco de lo que le está ocurriendo por dentro, sus personajes empiezan a ir cada vez más deprisa. Tanto que:

A la chica se le resbala una pieza metálica y ahora es él quien se sobresalta cuando golpea el suelo, da un respingo teatral, ella se ríe y él le devuelve la sonrisa con un guiño, tienen varios momentos así a lo largo del día, han desarrollado esa complicidad de sobresaltos, él deja caer un parachoques y ella da un gritito, a ella se le escapa un triángulo y él salta, momentos cada vez más frecuentes pues a ella se le caen las piezas más que antes, desde que le han aumentado el ritmo, el número de cajas a completar cada día, tiene que hacerlo todo más deprisa, coge las piezas de dos en dos y al girarse para tomar una caja nueva ya está agarrando nuevas piezas con la mano libre, es normal que alguna se escurra, de la misma manera que la administrativa lanza un bufido cada vez que escribe algo mal por las prisas y tiene que volver atrás, o el albañil se queja llevándose la mano a la zona lumbar porque se ha incorporado sin cuidado; todos comnten errores con más frecuencia desde que tienen que completar más paredes, más documentos copiados, más cajas llenas […].

La mano invisible. Isaac Rosa. Seix Barral. Barcelona, 2011. Páginas 188 y 189.


La negrita es mía.

El escritor, inundado por la ansiedad de sus propios personajes, desliza (¿de forma intencionada?) un pequeño error en sus páginas. Y no me digan que no les ha parecido delicioso. Sobre todo en una novela en la que se trabaja tanto.

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