Otros ojos para vernos

· Libros, Oxígeno
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Siempre pensamos que somos la medida de todas las cosas (juzgamos los tamaños y las bellezas respecto a las nuestras, las capacidades y la edad respecto a las nuestras, etcétera), y siempre pensamos que tenemos razón, o casi. Y a partir de nuestros juicios y nuestras medidas, creamos nuestros rechazos.

A mí me gusta, continuamente, revisar mis propios principios.

Hace poco cayó en mis manos La ansiedad en el autismo, un libro en el cual Isabel Paula va contándonos cómo piensa, vive (y por qué no, vamos a admitirlo) sufre una persona con autismo. Para ello, entre otras cosas, rescata parte de los pensamientos de Leonardo, uno de sus pacientes.

Hoy me gustaría volcar aquí una perla de pureza, condensada en sabiduría y ternura. Ojalá todos tuviéramos una mirada tan limpia a la hora de ver las relaciones:

Mujer frente al espejo, del pintor belga Theo Van Rysselberghe (1862-1926). Imagen tomada de liveinternet.ru.

Mujer frente al espejo, del pintor belga Theo Van Rysselberghe (1862-1926). Imagen tomada de liveinternet.ru.

Un día estaba con mi ex novia hablando sobre la ropa que se quería poner y se quejaba de que no era lo suficientemente guapa. Empezó a hacer una lista de lo que, según ella, eran los malos atributos físicos que la catalogaban de «fea». Yo estaba ya un poco cansado de la conversación porque no llevaba a ninguna parte y de paso era ilógica porque la estética es algo subjetivo. Quería ayudarla para que dejara de sentirse mal, así que dije: −Matemáticamente, dado el número de mueres en este mundo, tiene que haber miles de mujeres más guapas que tú y miles más feas. ¿Para qué te preocupas tanto de tu aspecto si no eres más que un número en una escala astronómica de niveles de belleza? Da igual lo que te pongas, serás guapa para unos y fea para otros. Por lo tanto, ponte lo que más te guste a ti y pasa del resto.

Cuando terminé de hablar, ella estaba llorando. Le pregunté qué le pasaba, por qué lloraba y me respondió: −¡Me has llamado fea! Le digo: −¡No! Sólo he dicho algo obvio, ¡que hay miles más feas que tú y miles más guapas! A mitad de la frase me interrumpe dicendo: −Calla, ¡no te enteras!

Me quedé sin entender qué le pasaba, ni por qué lloraba, ni por qué interpretó mi frase como si la estuviera llamando fea, lo cual era ilógico porque si la hubiese considerado fea no habría tenido ganas de meterme en la cama con ella. A día de hoy sigo sin entender por qué se enfadó tanto. Era incapaz de entender un razonamiento básico. No recuerdo si ella más tarde, u otra persona, me explicó que las chicas quieren sentir que para su novio ellas son las más guapas de la Tierra. Lo cual me sigue pareciendo algo infantil. Si un novio de verdad pensara de esa forma, demostraría ser idiota o de carecer de juicio objetivo, lo cual no sé si es peor que ser idiota. No soy capaz de mentirle a mi pareja y ella en cierta forma estaba intentando institucionalizar la mentira como instrumento para mantener una distorsión de la realidad. Entiendo que eso lo pudiera desear para crear una fantasía temporal, de tipo sexual, de tipo lúdico, pero no 24 horas al día.

La ansiedad en el autismo. Isabel Paula. Alianza. Madrid, 2015. Página 45.

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