Dos apuntes interesantes

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Hace años, la siguiente afirmación me habría hecho sonreír (o dudar, o arrugar la nariz):

Como los científicos cognitivos han subrayado en años recientes, la cognición se encarna; pensamos también con el cuerpo, no sólo con el cerebro.

Pensar rápido, pensar despacio. Daniel Kahneman. Debate. Barcelona, 2012. Página 74.

Mas, por fortuna (no recuerdo exactamente cómo llegué a él), no hace mucho leí Aprenda a utilizar el otro 90% (Robert K. Cooper. Amat, Barcelona, 2008), un libro en el que entre otras cosas se nos habla de que tenemos tres cerebros. A saber: el cerebro de la cabeza, el de los intestinos y el del corazón. Hay muchos psicólogos (basta con ver las notas al pie de página y comprobar las referencias, como en el libro de Kahneman) que se han dedicado a explorar e investigar más allá de lo que se halla en nuestra cabeza. Y han llegado a conclusiones muy interesantes. Por ejemplo, Cooper afirma (página 37): «Los científicos que estudian los elaborados sistemas de células nerviosas y las sustancias neuroquímicas que se encuentran en el tracto intestinal nos explican que hay más neuronas en el conducto intestinal que en toda la médula espinal; alrededor de cien millones de células. Este complejo circuito le permite al intestino actuar independientemente, aprender, recordar e influir en nuestras percepciones y conductas». Y un poco más adelante, centrado ya en el cerebro del corazón, expone Cooper (páginas 38, 39 y 40): «Formado por un conjunto distintivo de más de 40.000 células nerviosas llamadas “barorreceptores”, más una compleja red de neurotransmisores, proteínas y células de apoyo, este cerebro del corazón es tan grande como muchas áreas clave en el cerebro de la cabeza. Tiene capacidades computacionales altamente sofisticadas y, al igual que el cerebro del intestino, utiliza su circuito neural para actuar independientemente, aprender, recordar y responder a la vida […] Si no sentimos nuestros valores y objetivos, no podemos vivirlos. Es el corazón, y no la cabeza, el que tiene un papel protagonista en lograr que nos superemos y sobresalgamos».

Después de todo lo expuesto (un mero apunte, resumen, o recorte), casi a modo de corolario, tampoco nos debe sorprender la siguiente afirmación de Kahneman:

La idea de que tenemos un acceso limitado a las operaciones de nuestra mente es difícil de aceptar porque resulta extraña a nuestra experiencia, pero es una verdad: sabemos mucho menos de nosotros mismos de lo que naturalmente creemos.

Pensar rápido, pensar despacio. Daniel Kahneman. Debate. Barcelona, 2012. Página 74.

Lo anterior me hace reflexionar, una vez más, sobre los métodos de ampliación y reducción. Según mi propia teoría barruntada (que ni es teoría ni es nada, como se puede comprobar aquí, aquí y aquí), a mí me gusta estudiar o aprender por el método de ampliación, para crear un complejo bosque de lianas por las que poder moverme sin caerme al suelo. Es decir, me gusta que todos los conocimientos o los datos que voy reuniendo puedan (en algún momento, si lo necesito) tener algún punto de encuentro, alguna relación o alguna concomitancia para no toparme con ellos de forma aislada. También, para que no tengan frío, se excluyan y pasen del peligro de a la extinción completa.

Esta entrada se la dedico a mi buen amigo Vicente (un sabio, de los que ya no quedan), quien me explicó una grata tarde de domingo la diferencia entre información y conocimiento (entre otras cosas).

 

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