Y el aire cambió de viento

· Oxígeno
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Vacié las estanterías, completamente, las despojé de papeles y libros. Comencé a limpiar de manera febril… Y empezaron a surgir recuerdos. Algunos en forma de postal; otros, bien guardados en sobres; los últimos, garabateados en papeles plegados entre mis libros, como el texto que viene a continuación (del cual no consigo recordar de cuándo es ni qué me movió a escribirlo). Sólo sé que su título, Y el aire cambió de viento, lo usé más adelante para escribir un relato pequeño.

El infinito se acaba para el ser humano. Se acorta. No queda demasiado por explorar. Se han agotado el macro y el microcosmos. El vacío no es un conjunto vacío ―platónico e ideal―, sino un cúmulo de no percepciones.

Tampoco existe el silencio. Siempre se perciben, al menos, dos sonidos: el del corazón, grave y rítmico; y el de la respiración, algo más agudo y pausado.

Por eso el silencio es para nosotros la sustracción masiva de ruidos.

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