Fugaz y etéreo

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La primera vez que me acerqué al fugaz mundo del microrrelato fue hace muchos años (jamás pensé que llegaría a expresarme así, pero uno ya va apilando décadas; aunque hay que hablará de acumular experiencia…) antes de que se implantase el telegráfico mensaje de texto (aunque quizá sí estuviese implantado y yo no lo utilizase), apareciese el Twitter y cualquier otro invento de comunicación precoz.

Como decía, me leí Ojos de aguja, una breve antología del microcuento, y me llamó muchísimo la atención la breve (y sugerente) «historia» de Monterroso:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso. Ojos de aguja. Círculo de Lectores. Barcelona, 2000. Página 119.

Hace dos o tres fines de semana, traté de adaptar, sin éxito (para Relatos en cadena, de la Cadena Ser) una pequeña historia (que terminó dando origen a este texto). Casi angustiado por la frase con que debía comenzar mi cuento, traté de escribir algo evocador en muy pocas palabras.

Por regla general, cuando concurso para Relatos en cadena, suelo escribir sin censura. Cuando tengo armada la historia, recorto, resumo o, simplemente, elimino partes hasta llegar a las cien palabras permitidas. Empero esta vez iba a ser al contrario.

Volví a teclear Érase una vez (así, en negrita) y cerré los ojos (he de reconocer que soy un escritor muy de ducha, muy de libreta, muy de paseo, y un poco de retrete… lo siento, pero quería aclararlo).

Érase una vez ¡un mundo al revés!

No, no, no, eso es de Galeano… Pero no te detengas, juega un poco con el mundo del cuento.

Permanecí con los ojos cerrados, tratando de crear algo verdaderamente muy corto (y sugerente).

Al final, se me ocurrieron dos fórmulas:

Érase una vez un cuento acabado.

Érase una vez un final feliz.

El segundo me pareció «terriblemente» enigmático. En esta época, ¿un final feliz? ¿Quién no quiere en su vida un final feliz? ¡Seguro que cada uno se iba a imaginar dentro de ese érase, dentro de esa vez y dentro de ese final feliz!

Como todo, cuestión de gustos.

Nota: Para su tranquilidad, esta historia es de libreta y autobús (y no huele).

Y si no, a Trías de Bes me remito.

 

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