Sin límites

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Imagen tomada de http://parati.taconeras.net/, y publicada por Paula Avilés.

Imagen tomada de http://parati.taconeras.net/, y publicada por Paula Avilés.

Érase una vez un alumno dormido, un lunes, en la última clase del día: la de matemáticas. Le gustaban, pero había pasado una mala noche en casa: ruidos en las cañerías; discusiones en la casa paredaña; la televisión de algún vecino martilleando el silencio de la noche; y una fuerte sensación de vacío, de no saber hacia dónde se dirigía su vida.

Por fortuna, antes de que entrase el profesor en el aula, un compañero suyo le comentó la teoría de los vacíos. De los vacíos vacíos y de los vacíos llenos. Se sonrió y trató de pensar en si su vida era vacía vacía o vacía llena. En cómo se puede llenar un vacío con algo también vacío… Casi al instante se puso a soñar, y poco después ―o al menos eso le pareció― sonó el timbre que señalaba el fin de la clase. Sobresaltado, alzó la vista y observó el encerado: allí había escritos dos problemas. Los copió, avergonzado, y se marchó a casa. Una vez en su habitación, lleno de remordimientos por no haber atendido en clase, el joven se impuso la tarea de resolver los deberes de matemáticas. No consiguió hallar una respuesta satisfactoria a ninguno de ellos, pero siguió intentándolo durante el resto de la semana. Ni siquiera se planteó hablar con sus compañeros para que le ayudasen, para obtener una pista, una ayuda, algo… Sin otro cometido que sus problemas de matemáticas, al final de la semana consiguió resolver uno de ellos. Todavía un poco azorado, cabizbajo, fue a buscar a su profesor.

―Disculpe que le interrumpa, profesor… ―se presentó el alumno.

―Diga, diga…, qué desea…

―Resulta que… el lunes pasado, en clase… los dos problemas que usted puso…

―Sí, sí, diga, diga…

―Nada, que sólo he podido resolver uno de ellos… Aquí lo tiene ―le indicó el alumno, entregándole su libreta.

El profesor tomó la libreta y durante un rato siguió, línea a línea, el desarrollo del problema matemático. Luego, se produjo un silencio prolongado, espeso. Levantó la vista de la libreta, se quitó las gafas y miró de hito en hito a su alumno. Estaba estupefacto.

―¿Cómo lo has resuelto? ―titubeó el profesor.

―¿Está mal? ―preguntó el alumno, sin saber aún lo que se le avecinaba.

―No… En absoluto. Me gustaría saber qué le motivó a resolverlo…

―Estaba escrito en la pizarra, ¿no?

―Sí, pero dije… ―el profesor empezó a barruntar algo y se detuvo―. ¿Qué le movió a resolverlo?

―Estaba en la pizarra y pensé…

―¿Me escuchó?

―La verdad es que me había quedado dormido ―reconoció al fin el estudiante―. Lo siento mucho, es que no había podido pegar ojo en toda la noche y…

―Pare, pare, pare, no se excuse ―lo interrumpió el profesor―. Resulta que toda la matemática consideraba este enigma irresoluble, al igual que el otro que no consiguió resolver. Y sí ―se apresuró a añadir el profesor, antes de que su alumno interviniese―, bendito sueño. ¿Le habría dedicado usted un segundo a este enigma de haber sabido con antelación que no se podía descifrar? Nunca lo sabremos. Sólo sé que al no conocer ese límite usted mismo no se lo impuso, y la solución se hizo real. ¡Enhorabuena!

Esta pequeña entrada se la debo a Anthony Robbins, autor, entre otros, de Poder sin límites, entre cuyas páginas leí esta historia y quise adaptarla ―y adornarla― para Relatos en Cadena, de la Cadena Ser. Al final, aún queriendo, no pude meter mucho de mí ―en esas 100 palabras permitidas (lo que habéis visto es la versión ampliada)― para que el joven cobrase vida y me tuve que conformar con enviar otro texto, titulado «Más fácil decirlo que hacerlo», que espero publicar algún día.

Además, se la quiero dedicar a Javier Iriondo, autor de Donde tus sueños te lleven, quien me recomendó la adquisición y ―más importante aún― la lectura de Poder sin límites.

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