Efectos secundarios

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Hoy no nombraré al innombrable (ya sabéis quién es) y pasaré directamente a los hechos que quería relatar cuando abrí esta serie de efectos secundarios.

Etién y Ártax, dos de mis tres hijos, y no sé cuál de ellos me atendió más.

Etién (derecha) y Ártax, dos de mis tres hijos, y no sé cuál de ellos me prestó más atención.

El otro día les estaba explicando a mis hijos que no debían saltarse comidas y que el ser humano estaba programado para hacer ejercicio. Fui escueto, ¿verdad?

Sí, pero intervinieron con un inocente (la curiosidad) «¿Y por qué?».

Resulta que me preguntaron en un momento equivocado, porque justo acaba de terminarme de leer El mono obeso. No es que lo tuviese fresco, pero se me habían quedado algunas de sus ideas principales (eso creo).

Senté a mis hijos junto a mí, los miré a los ojos (me acordé de don Teófilo) y empecé a hablar:

«Quiero que escuchéis despacio. A mí me ha costado unas horas leerme toda esta información, de modo que me gustaría que prestarais atención. Con lo que os voy a contar, creo que ya podréis hacer una idea de lo importante que es la alimentación y el ejercicio, pero, como siempre, os recomiendo que busquéis vuestras propias fuentes y que leais, os informéis, comparéis y busquéis.

»Como sabéis, últimamente he estado leyéndome este libro ―dije, señalando El mono obeso―, un libro que estudia la evolución de nuestra alimentación desde los primeros homínidos, o la evolución de nuestra especie a través de la alimentación, como más os guste.

»Es una lectura recomendable para entender cómo y porqué funciona nuestra alimentación, porqué engordamos (en la prehistoria, quien podía engordar con facilidad cuando conseguía alimento disponía de una ventaja sobre el resto).

»Os daré algunos datos curiosos e interesantes para asimilar y reflexionar.

»El ser humano tiene un gasto energético basal (en reposo) cerebral del 20 al 25%. Eso significa que somos el animal con mayor gasto cerebral energético del planeta. Para que hubiese un equilibrio entre los demás sistemas, ese gasto cerebral (el aumento del tamaño del cerebro, hasta el aproximadamente litro y medio de la actualidad) fue evolucionando en detrimento, sobre todo, del sistema digestivo, cada vez más corto.

»Lo importante, y no os voy a contar el libro entero (aunque casi), es que a lo largo de millones de años de evolución (millones, peques, millones) hemos pasado por muchas etapas de hambrunas. Eso nos hizo obesos (también somos el animal que más grasa tenemos al nacer, entre el 15 y el 20%, más incluso que las focas y las ballenas) como ventaja adaptativa. Los científicos lo denominan gen ahorrador. Es decir, la grasa nos hizo vivir (hoy en día las condiciones han variado, claro).

»Engordamos porque la grasa produce mucha más energía que los hidratos y las proteínas. Y porque aquellos individuos que consiguieron acumular más grasa en sus cuerpos, pudieron sobrevivir a las hambrunas. Cuando comemos, los nutrientes pasan al torrente sanguíneo. Mucho de lo que comemos (hidratos de carbono, etcétera) produce una respuesta del páncreas, encargado de generar insulina. Esa insulina se encarga de regular la cantidad de azúcares (índice glucémico) en la sangre. Como el cerebro sólo se alimenta de azúcares (todos los carbohidratos son azúcares, no os penséis que es bueno tomar azúcar refinado, de rápida asimilación y de muy alto contenido en glucosa), los músculos han desarrollado algo llamado insulinorresistencia. La insulina es una llave que intenta abrir las puertas de las células. Si todas las células estuvieran abiertas a ella, en lugar de consumir grasas (que liberan muchísima más energía que los hidratos de carbono), el cerebro se quedaría sin su alimento principal (bueno, el cerebro y el feto, la placenta, el bebé, etcétera). De hecho, la glucosa no necesita de la insulina para penetrar en las células cerebrales.

»A lo que voy, las enfermedades relacionadas con la obesidad se producen por una hiperinsulemia. ¿Y qué es la hiperinsulemia? Cuanta más glucosa hay en la sangre, más insulina produce el páncreas. Éste interpreta que, si hay mucha glucosa, su obligación es secretar insulina para que se asimile toda la glucosa que se acumula en la sangre. Pero en el caso de la insulinorresistencia se establece un círculo vicioso: la insulina encuentra dificultad para unirse a sus receptores y no abre las puertas para que penetre la glucosa. Las células no pueden metabolizar la glucosa y el azúcar se queda en la sangre, lo que desencadena una elevación de su concentración. El páncreas detecta estas cifras elevadas de glucosa y secreta aún más insulina. Al final hay tanta insulina circulando por la sangre que hemos llegado a la hiperinsulemia. ¿Y qué produce la hiperinsulemia?».

Hice una pausa y bebí agua. A mis hijos se les caía la baba. Seguro que se estaban diciendo: «Por qué habremos preguntado», de modo que proseguí, sin tregua:

―Si durante periodos prolongados tenemos unos niveles elevados de insulina en sangre podemos desarrollar enfermedades cardiovasculares (ataques al corazón, etcétera, que me ahorro aquí porque sois pequeños y estáis lejos de esto).

»En el libro se habla de que todo animal, incluso el humano (hasta que nacieron los supermercados), necesita moverse para comer y comer para moverse. Hoy en día no nos movemos para comer y comemos para no movernos. De ahí que haya que hacer ejercicio (continuado, programado, como caminar, correr, ir en bici, nadar) de forma continua. Digamos que estamos diseñados desde el punto de vista de la evolución de un modo y estamos viviendo de otro. Y tenemos que adaptarnos a nuestro código genético (que no ha variado más que un 0,005 por ciento desde hace miles y miles de años).

»Todo esto que os he contado sólo es una pequeña introducción para lo que os quería contar (para que entendáis por qué es importante reajustarnos y los porqués científicos que existen en lo que viene ahora):

»Uno de los modos de mejorar nuestra vida (y tener menos enfermedades de todo tipo) es controlar nuestro peso. Eso no se consigue sólo comiendo menos, sino comiendo mejor y haciendo ejercicio, porque nuestro organismo está diseñado para ingerir los nutrientes que precisa y para acumular una pequeña reserva de grasa que le permita sobrevivir a los períodos de hambruna.

»Nuestros antepasados del bosque, hace por lo menos cinco millones de años, comían siempre que sentían hambre y varias veces al día, tal y como siguen haciendo hoy los primates hominoideos (con forma humana). Por eso, debemos repartir nuestros alimentos en, al menos, cinco comidas al día. Como la mayor parte de nuestros sistemas enzimáticos y metabólicos están adaptados al tipo de alimentación del Arthipithecus ramidus, se nos aconseja que la mayor parte de nuestra alimentación esté compuesta de frutas (de cualquier tipo, y cuanta más, mejor), verduras de hoja, como la lechuga, las espinacas, las coles, las acelgas, o la escarola. Verduras de yema y fruto, como el tomate, el pimiento, la berenjena, la calabaza, el pepino. Infloraciones, como la coliflor o el brócoli. Raíces (zanahorias, remolacha, rábano, nabo) o bulbos (ajos, cebolla, puerros).

»Los Australopithecus afarensis (de tres a cuatro millones de años de nuestra evolución) tuvieron que vivir millones de años en un entorno de menor abundancia e incorporaron tubérculos (ya sabéis que no es lo mismo un tubérculo que ver tu culo) y consumir semillas verdes (guisantes, judías, habas, etcétera) y frutos secos. Los Australopithecus, además, se hicieron oportunistas y comían miel, huevos, insectos, animales pequeños y peces.

»El Homo ergaster todavía tuvo que vivir en un ambiente todavía peor y recurrieron a los alimentos de origen animal (sobre todo, gracias al carroñeo). Ah, se me ha olvidado decirlo antes, con el aumento del tamaño del cerebro y su gasto energético, tuvimos que mejorar nuestro sistema de refrigeración (capilares en el cráneo) y por eso necesitamos beber grandes cantidades de agua, para poder mantener una temperatura corporal adecuada. Imagínate si fuésemos acumulando calor al perseguir una presa o después de un largo recorrido para buscar alimentos… Es posible que por eso, cuando no bebemos bastante agua, podamos tener dolor de cabeza.

»En el libro, por último, dice que debemos aportar un dos por ciento de las novedades evolutivas del Homo sapiens sapiens, como el queso, las leches fermentadas, la mantequilla y las bebidas fermentadas (curioso, parece ser que hubo seres humanos que consiguieron, gracias al alcohol, sobrevivir en ambientes de aguas contaminadas), dulces y bollería en general.

»Sobre la leche y la intolerancia a la lactosa (un azúcar de la leche) he descubierto algo curioso. Hay quienes tienen intolerancia a la lactosa y quienes no la han desarrollado. Esto se produjo durante los periodos glaciares. La evolución adaptó a tribus enteras para que pudieran beber leche porque no tenían demasiados alimentos (cuando se dice que adaptó significa que los únicos que conseguían vivir y tener hijos eran los que aprovechaban la lactosa, los otros morían pronto).

»Ahora vamos al ejercicio: la apariencia externa del Homo sapiens actual es consecuencia de la expresión de genes que en el aspecto evolutivo se programaron para un ambiente de gran actividad física (moverse para comer, y viceversa). Pero en un ambiente sedentario nos alejamos del diseño de nuestro genoma y el sedentarismo ocasiona (es curioso, la Real Academia recoge insultos lingüísticos como las palabras internet, web, etcétera y no acepta términos bien construidos en nuestro idioma, como sedentarismo, que equivale a una sociedad sedentaria, al igual que nomadismo lo hace a una sociedad nómada) una expresión genética alterada. Esta reducción de la actividad física, contraria a nuestro verdadero diseño, es hoy bastante grave en los niños. Hoy, cualquier niño de ciudad gasta (y no digo emplea) a la semana 14 horas para ver la televisión, 25 horas sentado en clase y otras 10 horas más entre computadoras y videojuegos. Ya sabéis mi opinión al respecto: dos horas de televisión al día supone un año de cada doce, entero, enterito (sin dormir, sin comer, sin hacer nada más) delante de la pantalla. Sí, ya sé que cuesta menos encender el televisor que apagarlo. Pero hay cosas en la vida que o suman o restan. Es como en los equipos de balompié (dónde habré oído yo esto), un delantero no puede permanecer neutral. No puede decir un día, yo hoy no voy a ser ni malo ni bueno, voy a ser neutral, o suma para su equipo o resta. Lo mismo ocurre en las orquestas. Uno no puede decir, hoy no me voy a equivocar, pues no voy a tocar mi parte. Si no toca, la melodía no suena igual. En fin, y antes de que me desvíe (una de mis especialidades) de esto también, recordad otra de mis máximas: media hora de televisión no te va a aportar casi nada, media hora de estudio sí que te va a aportar.

»En resumen, si le agregamos a esto el período que los niños pasan sentados entre comidas y las horas dedicadas al sueño, realmente apenas les queda tiempo para moverse.

»La reducción de nuestra masa muscular y la disminución de nuestra capacidad física agrava los efectos de la alimentación hipercalórica rica en grasas saturadas y azúcares. La utilización de la energía en el ser humano puede expresarse mediante una ecuación sencilla:

»Energía ingerida = energía gastada + energía almacenada

»Si se reduce el gasto energético (sedentarismo) y se aumenta la ingestión de energía (alimentación excesiva) el exceso de energía resultante inexcusablemente se almacena en forma de grasa.

»Según sigue en el libro, en el hombre moderno el gasto por actividad física se ha reducido sustancialmente, y esto favorece que se incremente la cantidad de energía almacenada como grasa y se potencie la obesidad. Además, hay que tener en cuenta que los cambios resultantes del sedentarismo son: disminución del tamaño y la fuerza muscular; mayor resistencia a la insulina por parte de los músculos; menos capacidad de respuesta cardiovascular y aceleración de la pérdida de masa ósea (osteoporosis). Y muchas más.

»Otro de los elementos que nos aparta del diseño evolutivo es nuestro alejamiento del normal funcionamiento del sistema de alerta, del mecanismo diseñado por la evolución para salvarnos de los peligros. Es lo que hoy conocemos como ansiedad, tensión o presión, y sus consecuencias.

»Las hormonas de la presión vacían los depósitos grasos para que circulen por la sangre los ácidos grasos, que son un buen combustible para las células musculares y cardíacas y permiten su contracción. Pero nosotros no nos movemos en absoluto, nos quedamos quietos, de pie, sentados, o a lo sumo gritamos y gesticulamos. Toda la energía liberada, la glucosa y los ácidos grasos movilizados no se consumen en los músculos; los ácidos grasos movilizados se convierten en triglicéridos y en lipoproteínas que pueden irse acumulando en las paredes de las arterias y aceleran el proceso de la arteriosclerosis (al hacer ejercicio liberamos esas tensiones, frustraciones y enfados, y hacemos trabajar a los músculos, para que consuman esas sustancias).

»Nuestros cuerpos fueron diseñados para obtener el alimento mediante esfuerzo físico. Ningún animal, incluido los humanos, puede conseguir alimento sin esfuerzo. Vivimos en una sociedad que tiende al sedentarismo. Éste es especialmente dramático en los niños. Las crías de cualquier animal, incluida la humana, están diseñadas para estar en continuo movimiento, en juegos interminables de simulacros de lucha y de persecuciones. Si no podemos salir a cazar o recolectar nuestra comida, si ante una agresión, disgusto o preocupación no podemos ni huir ni luchar, tendremos que encontrar la forma de ponemernos en paz con nuestro diseño.

»La solución es realizar ejercicio de manera diaria. Si corremos o caminamos durante una hora, moveremos una masa muscular suficiente como para compensar la que no hemos movido durante el día.

»Espero que os haya gustado este brevísimo resumen del libro (más de doscientas páginas aglutinadas en esta pequeño charla) y que os anime a indagar por vuestra cuenta. Como os digo siempre, cada uno es responsable de su educación. Y hay mucho conocimiento fuera de los libros de texto, aunque lo que se dé en el colegio, obviamente, es lo que va a examen.

Respiré profundamente y los dejé con una última broma:

―Chicos, el viernes quiero un resumen y una conclusión. Es guasa.

Nota 1. Este discurso nació de un escrito que elaboré para mis hijos. Algunos párrafos los he tomado directamente del texto principal del libro (o están redactados con ligeras variaciones), pero, como fue para un uso privado, no lo entrecomillé, de modo que no sé con exactitud cuánto hay de refrito y cuánto he copiado. Ruego la misericordia y el perdón del autor, José Enrique Campillo Álvarez, a quien admiro mucho por la enorme labor divulgativa de su libro.

Nota 2. Pero mira que es complicado educar (ser [un buen] padre es más difícil de lo que parece). Si alguien sabe la fórmula mágica, que me escriba, por favor.

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