La mirada de los otros

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Disfrutar puede ser planear con tus hijos por una acequia en verano. Burjasot (Valencia), verano de 2009. Imagen de Alicia Arnau Iborra

Primera lección de vuelo. Disfrutar puede ser planear con tus hijos por una acequia en verano.
Burjasot (Valencia), verano de 2009.
Imagen de Alicia Arnau Iborra

Cuando era joven (lo digo sin acritud, sin resentimiento) escribí una poesía poética —que todavía conservo— titulada La mirada de los otros. En ella reivindicaba algo tan simple como vivir cada uno su vida, de acuerdo con sus sentimientos, sus creencias, sus preferencias. En ella, pues, afirmaba que si no vives conforme crees que debes hacerlo, vives la vida de otros, los sentimientos de otros, los amores de otros…

Años después, me topé con personas más sabias que más o menos habían querido expresar lo mismo:

La tele y los cuentos hacen mucho mal al amor, pues lo que se supone que es el final, ‘se casaron y fueron felices’ es en realidad el verdadero comienzo.

Tomás Suc. Artículo ¿Por qué se termina el amor? de Borja Vilaseca. El País Semanal, nº 1758, 2010, página 40.

El mundo que nos muestran las películas, el del cine, es un mundo creado por tópicos que no son verdad, y acabamos pensando que el mundo es así. Te enseñan cómo es el amor, y luego te enamoras y no es como en las películas. Te enseñan cómo es el sexo, luego tienes sexo y tampoco se parece al de las películas. Hasta te enseñan cómo son las rupturas de las parejas. Cuántas veces la gente ha quedado con su pareja en un bar y ha emulado una ruptura de cine. Y no funciona, no funciona porque lo que en el celuloide se despacha en cinco minutos, luego a ti te lleva seis horas y al final no rompes sino que te comprometes a casarte o a tener un hijo.

Albert Espinosa. El mundo amarillo. Grijalbo. Barcelona, 2008. Página 26

1 comentario

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  1. Dorren

    ¡¡¿¿Albert Espinosa??!! Dios mío… Yo con un libro suyo ya tuve más que suficiente. No me gusta ese pobre hombre.
    «[…] y al final no rompes sino que te comprometes a casarte o a tener un hijo». Eso debe de ser suyo, porque no tiene mucho sentido. ¿Por qué acabar haciendo justo lo contrario de lo que uno pretendía hacer? Los individuos individuales no somos tan idiotas ni nos dejamos influir tan fácilmente. Otra cosa es la masa social, que a la vista está.

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