Filósofos, filofilósofos y filofilofilósofos

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Hace miles de años («Dime cuándo, cuándo, cuándo…» canta mi pequeño hombre de los paréntesis largos, repuesto ya de sus andanzaturas) nació Sofía —Sofa para sus amantes (y amigos)— en un lugar tan remoto y escondido (y no es la Atlántida) que no ha habido constancia de su ubicación (ni tan siquiera he logrado hallar su origen en los archiconocidos anales Asdfgñlkjh, legado por los extragalácticos tanga. Sí, sí, no se rían, que a ellos tampoco les hace gracia eso de venir de otra galaxia, presentarse y verse obligados a decir: «Tú: humano. Yo: tanga»).

Pues bien, Sofía, mujer sabia y libre, probó el amor de muchos de sus amantes, quienes, cuando con ella yacían, se dedicaban a filosofar (con fruición). Por eso, ella los llamó, cariñosamente, «mis pequeños filósofos». De algunos de ellos (dos o tres a lo sumo) tuvo descendencia (dos o tres a lo sumo), y los llamó, también con mucho cariño, «mis dulces filofilósofos» («Una pregunta, ¿y cómo hacía para rimar filofilósofos en las canciones de cuna?»). Cuando sus hijos —los filofilósofos— crecieron tuvieron sus amantes, y éstos recibieron el nombre de filofilofilósofos, y se dedicaron, pues, a procrear, y su prole (los filofilofilofilósofos), a la divulgación de los saberes que les habían trasmitido sus padres. Como todos los primos eran duros de oído y un poco despistados, cada uno divulgó lo que entendió, lo que quiso o lo que sus entendederas caprichosamente capturaron. De ahí el origen de las diferentes escuelas de pensamiento.

Hace menos de 30 años, mi abuela me contaba esta historia a su manera: «Puede que todo sea cuestión de grados (“o de gradas”, como dice tu abuelo, cuando se va con sus amigotes a ver el fútbol), pero debes saber que existen sofos, filósofos, filofilósofos y filofilofilósofos. Así hasta el infinito.

»Bien, un sofo es un sabio. Filósofa es su mujer, porque lo ama y se han casado. Los hijos son filofilósofos, porque aman a la madre, que, a su vez, ama al padre (nuestro sofo). Y los filofilofilósofos son los amigos de los niños, porque quieren salir a jugar con ellos por las tardes, al salir del colegio, después de haber escuchado con atención las lecciones del sofo, el maestro de la escuela. Todo esto puede parecerte extraño ahora, pero si te meriendas este bocadillo que te acabo de preparar, es posible que lo entiendas mejor».

Ciertamente, y según se puede leer en Lo que Sócrates diría a Woody Allen, podemos afirmar que un filofilósofo es «alguien separado por dos amorosos peldaños de la sabiduría».

Esta entrada se la dedico a Juan Antonio Rivera, por la inspiración que ha supuesto su concepto filofilósofo.

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