Los asesinos de objetos

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Los asesinos de objetos matan de palabra, obra y omisión (como no podría ser de otro modo).

De palabra lo hacen cuando anuncian y proclaman, voz en grito, que los objetos moribundean, obsolecen y, finalmente, fallecen.

1970, ciudad de Valencia:

—Buenos días, don Pedro.

—Buenos sean, don Juan.

—¿Ha leído las últimas noticias? —indica Juan, abriendo su periódico, al tiempo que invita a Pedro a que se siente a su mesa a desayunar con él. El día es magnífico; el tiempo, bonancible.

—¿Cuáles? —se pregunta Pedro, intrigado.

—¿Cómo? ¿No se ha enterado usted de que mañana clausuran el tranvía de Valencia?

—No… ¡No es posible!

—Sí —interviene Juan, con mirada socarrona—. ¡Claro que lo es! ¡La ciudad debe abrirse paso a la modernidad, a los automóviles! —Y concluye—: ¡Ya no hay lugar para el tranvía!

—Pero, don Juan —titubea Pedro, incrédulo—, si el tranvía es fantástico…

—No tanto, no tanto, don Pedro… El tranvía está muerto, no tiene cabida en las urbes modernas.

Para darle más énfasis a sus palabras, Juan le arrea un sonoro manotazo a la mesa y el café salta, descontrolado, hasta la camisa de su interlocutor, quien mira, espantado, cómo ha progresado la mancha hasta su pantalón. Atribulado, se despide.

Triste final de los tranvías de Valencia. Imagen e información tomadas de http://juanansoler.blogspot.com.es/2012/11/los-tranvias-en-valencia.html.

Triste final de los tranvías de Valencia. Imagen e información tomadas de http://juanansoler.blogspot.com.es/2012/11/los-tranvias-en-valencia.html.

Casi dos décadas y media después.

—Buenos días, don Pedro, ¡cuánto tiempo sin vernos!

—Buenos sean, don Juan —lo saluda, tendiéndole la mano, para estrechársela—. He estado casi veinte años fuera, en Baleares, con mis hijos… Y acabo de regresar a Valencia. ¡Es un placer verlo de nuevo!

—Gracias, gracias, don Pedro… ¡El gusto es mío!

Le vuelve a hacer un gesto con la mano, para que se acerque, para que se siente con él a tomarse algo:

—¿Se ha enterado usted de las últimas noticias?

—No, ¿cuáles?

—¡Mañana inauguran el tranvía en la ciudad! ¡Seremos la primera ciudad española con tranvía!

—Pero, ¿no estaba muerto? —pregunta don Pedro, pasando la mano por su camisa, al recordar la última conversación que habían tenido al respecto.

—¡Qué va! —informa, entusiasmado, don Juan—. Resulta que el tranvía se ha implantado, y con éxito, en muchas grandes urbes europeas. ¡Es tan limpio! ¡Tan ecológico! ¡Tan moderno!

El in crescendo de don Juan culmina con otro manotazo a la mesa; pero esta vez Pedro ya se había precavido y da un paso atrás, para evitar que el café salte de nuevo a su camisa.

En fin, escenas como ésta —o parecidas— han acontecido (y lamentablemente seguirán haciéndolo) a docenas: los coches terminarían con la bicicleta (luego, las ciudades, con trazados provehículos antipersonas, han terminado reculando y eliminando plazas de estacionamiento y poniendo trabas a los vehículos en favor de las bicicletas, el transporte público, etcétera, porque esto no ha acabado. Es decir, quizá mañana giren las tornas); el cine finiquitaría el teatro (aunque ahora hay quien ha llegado al teatro de tanto y tanto 3D: «Quisieron el cine tan real, tan real, tan real que descubrieron el teatro»); la televisión cerraría los cines y apagaría las radios; la televisión moriría a cargo de los ordenadores; éstos tendrían su verdugo en las tabletas (ya llevo más de un año oyéndolo); y el ciberespacio asesinaría todo lo demás… Hasta el infinito (o hasta la náusea). He oído ya tantas muertes que ya estoy cansado de que lo quieran exterminar todo en aras de la modernidad (u otras excusas).

De momento, mis amados libros llevan en peligro de extinción desde que nacieron. Sí, reconozcámoslo, leer cuesta, requiere atención, concentración, pasión, tiempo, deseo por aprender, por vivir aventuras, por imaginar, por recrear… Y eso es difícil porque tenemos miles de distracciones diarias, semanales, mensuales, trimestrales, semestrales, anuales, quinquenales (¿paro?).

A los asesinos de objetos, a los asesinos de libros, sólo les pido una cosa, asesinen por omisión: no lean. Pero, por favor, no maten los libros por obra (no los quemen a los pobrecitos, no los descuarticen, no los deshojen) ni con su palabra.

Todavía hay quienes creemos que éstos vienen con el sistema operativo cargado, que sus páginas no contienen virus, que no hay que buscar actualizaciones ni pagar una vez más porque el procesador va muy lento. Además, son interactivos, intercambiables, se pueden prestar, pintar, subrayar, copiar y pegar, etcétera.

Además, los libros no manchan los dientes ni producen colesterol. El único efecto secundario es la cultura.

Para terminar, recomiendo Darse a la lectura (Ángel Gabilondo, RBA), de cuyas líneas rescato:

Puedes adquirir aquí este libro.

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Leer es demorarse. Si tenemos prisa o miedo, no seremos capaces de hacerlo. Sin duda requiere atender algunas decisivas necesidades, pero si esperamos a que todas estén cumplidas, nunca leeremos. Y no sólo porque eso más bien no ocurrirá jamás, sino porque una de las condiciones fundamentales para leer es no sentirse plenamente satisfecho. Leer es siempre buscar, aunque no exactamente lo ya conocido.

Darse a la lectura. Ángel Gabilondo. RBA. Barcelona, 2012. Página 13.

Le dedico esta entrada a mi amiga la libreta, porque gracias a ella puedo volcar todos mis pensamientos, que son a la vez palabra, tacto y color. Y éstas son cada vez distintas, propias, trazadas.

3 comentarios

Comments RSS
  1. David

    ¡Buen artículo, cachoperro!

  2. Veranicidio – Oxígeno a la vida linked to this post.
  3. Prisas – Oxígeno a la vida linked to this post.

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