Lo uno y lo otro

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Muchas veces, sólo necesitamos que unas manos amigas nos toquen un poco las orejas (con cariño) para ser (otro poco) más felices. Otras, basta con una buena sonrisa, de esas que alargan el día y estiran la delgada línea de nuestra vida.

Muchas veces, sólo necesitamos que unas manos amigas nos toquen un poco las orejas (con cariño) para ser (otro poco) más felices. Otras, basta con una buena sonrisa, de ésas que alargan el día y estiran la delgada línea de nuestra vida.

Hay dos enfoques clásicos para la venta de cualquier producto (sea éste un objeto, una idea, una costumbre…): la falacia de lo nuevo y la falacia del siempre ha sido así.

El argumento de lo nuevo te obliga a levantarte de la cama y echar a correr. No sabes por qué, pero tienes unas prisas terribles… no puedes —no quieres— quedarte atrás: comprarte el último móvil; ver el último programa de televisión, o la última película; leerte el último libro; escuchar el último éxito; tener la última aplicación, la última crema, calcetines, etcétera. En resumen, «estar a la última para no ser el último».

En el lado opuesto, se halla quien busca que te sientas inteligente, exigente y cabal. Se supone que sabes elegir, discernir, escoger… Que distingues entre lo bueno, aprecias lo artesano y gustas de lo tradicional y humano. Quienes buscan este modo de llegar a sus compradores lucen en sus etiquetas el aval de un «Desde…», de un «Como en casa», «Receta tradicional», «Proceso artesanal», etcétera. Claro, ¿quién no se va a fiar de un producto con décadas de respaldo, por poner un ejemplo?

Por el camino de en medio (siempre los hay), se ven las «recetas mejoradas», las «nuevas fórmulas» y las adaptaciones tecnológicas.

Al final, antes de elegir dónde encajamos, cuál es el modo que queremos sustentar, favorecer o promover, nos queda reflexionar sobre qué es lo que verdaderamente necesitamos.

Todos, absolutamente, vivimos inmersos en las guerras de las marcas, de los productos y de las necesidades.

Basta con pararse a pensar en el nombre de tres marcas de teléfono, tres fabricantes de vehículos, de electrodomésticos, de helados… y sabrán a qué me refiero.

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