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A veces, y sólo a veces, somos dueños de nuestro tiempo, de cómo lo empleamos, en qué, con quién lo compartimos, cuándo y cuánto. En esas ocasiones nos regalamos a nosotros mismos lo más valioso (preciado y precioso) que tenemos: nuestra vida y nuestro tiempo.

Kakuro

Uno de los modos en que me gusta emplear mi tiempo es resolviendo problemas de índole intelectual, bien sean de ajedrez, bien de agudeza visual, de cálculo, de memoria, etcétera. En la imagen aparece un kakuro (palabra de origen japonés), un crucigrama numérico en el cual, mediante sumas, se debe conseguir el resultado que se solicita. Sólo hay que cumplir tres reglas: no se puede repetir la misma cifra en una misma suma, en cada casilla se inserta una sola cifra, y sólo se pueden usar el 1, el 2, el 3, el 4, el 5, el 6, el 7, el 8 y el 9. Este kakuro lo resolví en un ejemplar de la revista Quiz.

Siempre me ha gustado ver a la gente leer, leerse a sí misma, contarse historias, hacer crucigramas, pintar, cantar, escribir, pasear por el campo, dejarse acariciar por la brisa del viento, por unas palabras amables o por unos brazos cariñosos…

Saber elegir (y discernir) entre lo urgente y lo importante es complicado en la cultura de lo quiero todo y lo quiero ahora. En realidad, a todos nos puede resultar sencillo caer en la telaraña (y tentación) de lo urgente cuando viene ataviada bajo la apariencia de importante. Con todo, creo que siempre hay alguien o algo que nos avisa (nuestro cuerpo, alguna enfermedad, algún batacazo en la vida…), nos detiene o nos frena en nuestra carrera desenfrenada en pos de la nada.

No es la primera vez que oigo, después de una enfermedad grave o un accidente (por ejemplo), que la vida cobra otro sentido y significado, que lo irrelevante —que tanto nos irritaba— deja de atormentarnos, que un ritmo vital alocado no tiene tanto sentido, como no lo tiene estar pendiente de lo que todo el mundo piensa de nosotros… Entonces surgen esos sueños y anhelos que han ido apareciendo en nuestra vida, y las ganas de cumplirlos. Entonces es cuando emergen esas listas de cosas, tareas y objetivos que uno quiere cumplir antes de abandonar este mundo. En esa relación plasmamos lo que verdaderamente nos importa, lo que nos define como seres humanos únicos.

Mi pequeña lista de sueños (mi gran lista de regalos; desde la infancia hasta la madurez) ha sido:

— Volar (flotar en el aire, flotar, sólo flotar. Por cumplir, sólo resuelta en sueños).

— Superlectura (poder leer, aprender y recordar miles y miles de libros. Este sueño nació, sobre todo, a raíz de una enciclopedia de animales y de El libro gordo de Petete, ambos, si no me equivoco, regalos de mi madre. Este sueño trato de cumplirlo todos los días de mi vida, pues algunos nos acompañan siempre).

— Tocar en un grupo de música (objetivo conseguido, aunque me gustaría seguir exprimiendo más la batería. Y claro, creo que pagaría por firmar, por ejemplo, la batería de Nabatea, que me parece excelente a todos los niveles).

— Viajar a México (meta alcanzada. Desde mi adolescencia, y motivado por una profesora de fotografía del estado de Veracruz, me atrajo muchísimo la diversidad cultural mexicana. Además, Juan Rulfo (Pedro Páramo, El llano en llamas), entre otros, me hizo interesarme mucho más por México.

— Hablar ruso y viajar a Rusia (llevo imaginando esto desde hace muchos años, creo que desde que era adolescente, cuando me compré una carpeta para el instituto, cuyo atractivo se centraba en simular un periódico ruso. Me hechizan la cultura soviética, sus grandes autores y su deporte nacional: el ajedrez).

— Viajar al espacio (y si puede ser, conocer al maestro Yoda, a C-3P0, a R2-D2 y a Darth Vader, al capitán Solo, volar a hipervelocidad…).

El maestro Yoda ("Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes"). Imagen obtenida de http://es.starwars.wikia.com

El maestro Yoda (“Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes”). Imagen obtenida de http://es.starwars.wikia.com

El mágico e inigualable R2-D2. Imagen de http://es.starwars.wikia.com

El mágico e inigualable R2-D2. Imagen de http://es.starwars.wikia.com

— Ser jugador profesional de ajedrez (éste es uno de mis grandes sueños incumplidos. Y sí, también he caído muchas veces en la rutina de mejor no lo intento, así no fracaso: no soy lo suficientemente inteligente; nunca seré lo bastante bueno; no tengo bastante memoria, siempre seré un teórico; quizá, y aunque lo intente con todas mis fuerzas, nunca lo lograré…).

— Correr un maratón (en camino, aún me quedan 20 kilómetros más de entrenamiento para saber si lo conseguiré terminar este noviembre. La historia del soldado ateniense Filípides me cautivó desde niño. Todavía recuerdo los dibujos que acompañaban el texto. Nunca me había atrevido a afrontar este grandísimo reto, pero ya estoy entrenándome).

— Escribir una gran novela (una que trascienda las épocas, los usos y las costumbres. Por cumplir. Me da, aunque parezca mentira, mucha vergüenza escribir y exponerme. Además, he leído libros tan maravillosos que siempre he sentido que sería imposible llegar a esos niveles de erudicción, destreza y capacidad).

— Salvar vidas en incendios o en situaciones peligrosas (sin necesidad de ser bombero. Desde niño he soñado muchas escenas en las que me dedicaba a salvar gente. Todavía me sigue gustando muchísimo ayudar a la gente, pero no sé hasta qué punto puedo dar por cumplido este sueño. Eso sí, ya cuento con un buen abanico de superpoderes).

— Cantar, cantar y cantar (por ejemplo, como Roy Khan, aunque sea sólo en la ducha. Al final acabaré yendo a clases de canto, lo sé, porque ya me he comprado unos cuantos libros y pese a los ejercicios creo que empeoro).

— Ser editor de la revista Jaque (conseguido. Aún recuerdo cuando iba a la librería Soriano de Valencia para ver si habían recibido Jaque. Comprarla, tragármela entera, recordar sus enseñanzas. Y soñaba con escribir y aparecer en sus páginas).

— Ser miembro de la Real Academia (por cumplir, evidentemente. Mi amor por la cultura, por aprender, por saber qué era mi lengua y cómo podía emplearla mejor me hicieron concebir este sueño en los inicios de mi veintena. Sobre todo gracias a los artículos de Fernando Lázaro Carreter en El País, y después, a sus obras El dardo en la palabra y El nuevo dardo en la palabra. De este modo empecé a como corrector de pruebas para diversas editoriales).

Sí, ya sé que con los años algunos sueños se extinguirán (o no se cumplirán), otros crecerán —se harán grandes y hermosos— y unos cuantos más empezarán a gestarse poco a poco en mi interior. Ahí estaré, esperando a que lleguen, aprendiendo a escucharlos en mi interior. Lo que tengo claro es que, mientras, pueda, no quiero que me ocurra como al personaje de El bolígrafo de gel verde:

Nos ha faltado siempre tiempo. Nos ha faltado tiempo porque hemos tenido que trabajar demasiado. Hemos tenido que trabajar tanto porque, hoy en día, para todo se necesita dinero. Dinero para mantener un niño al que apenas veíamos; dinero para contratar a una persona que nos limpiara la casa en la que apenas estábamos; dinero para vivir una vida que no hemos disfrutado.

El bolígrafo de gel verde. Eloy Moreno. Espasa, Madrid, 2011. Página 99.

Esta entrada, esta manera de exponerme, de soñar a lo grande y en voz alta (sin temor a qué piensen de mí o de mis sueños, porque los sueños, sueños son) se la debo a mi admirado Javier Iriondo, autor de Donde tus sueños te lleven. 

Ah, y se la dedico a Toñi, la mujer que no me deja cumplir uno de los sueños no escritos en esta lista.

4 comentarios

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  1. Tere Villar

    Me encantó el relato de tus sueños y de cómo empleamos el tiempo, cómo nos dejamos llevar por la cultura social y el qué dirán y a la importancia que le damos a lo que después vemos no era tan importante, todo es relativo en esta vida… Saludos.

    • yagogallach

      Muchas gracias, Tere. Todas las entradas las escribo con el corazón.

    • yagogallach

      Gracias, Fernando, muchas gracias. Ojalá todos pudiéramos compartir nuestros sueños.

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