Ternura en silla de ruedas

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Me hallaba dormitando en la sala de espera de urgencias. De madrugada, el hospital mostraba su lado más avejentado y obsolescente, aunque yo no pensaba en eso mientras sostenía la mano de mi mujer, callados los dos: ella muerta de miedo; yo, de sueño.

A nuestra izquierda, unos tumbados, otros arrellanados (todos incómodos), se diseminaban tres o cuatro pacientes (impacientes por salir de allí) y sus consabidos acompañantes. No hacía falta pedir silencio, ni los ánimos ni las horas daban para mucho más.

Al cabo de unos minutos espesos y tediosos, apareció un abuelo, mayor y desdentado (eso lo supe luego), en silla de ruedas. Las dos enfermeras que lo acompañaban le insistieron en que no se levantase de la silla, que esperase hasta la llegada de su ambulancia.

El sentido arácnido de el hombre araña, imagen obtenida de http://www.oconowocc.com/

El sentido arácnido de el hombre araña, imagen obtenida de http://www.oconowocc.com/

Al poco, cuajó un nuevo silencio y conseguí dormitar (no sé durante cuánto tiempo) hasta que salí de mi ensueño… Creo que fue mi sentido arácnido (ese día calzaba¹ mis calzoncillos de el hombre araña) el que impidió que ese hombre se levantase de la silla de ruedas y se desplomase. Según habían comentado las enfermeras, ya se había caído varias veces.

Otro acompañante y yo tratamos de entretenerlo, buscando su distracción y sosiego. Él insistía en levantarse:

—Me voy a levantar y me voy —dijo, con lengua de trapo, el abuelo mientras se alertaba mi sentido arácnido. Ahora, realmente, no sé qué es lo que me hizo reaccionar con tanta celeridad².

—No se levante, por favor, no se levante. Mire el televisor.

Él se rió, complice, pues la pantalla que teníamos en la sala se hallaba apagada. Entonces empezó a hablar sobre su casa, que tenía 300 canales de televisión y que no valían nada… En realidad, costaba mucho entenderlo, pues su dicción era lenta, baja y dificultosa. Creo que fue una mezcla de todo, verlo solo, sin acompañantes, tan mayor, su lengua de trapo… lo que despertó en mí mucha ternura.

—Cuando quiera levantarse de nuevo, me avisa, y lo ataré a la silla —le dije poco después, antes de volver a cerrar los ojos.

El hospital volvió a la calma hasta que nuestro vecino rompió el silencio una vez más.

—Van a dar las tres —informó.

—Y yo con estos pelos —le contesté al instante.

El hombre lanzó una mirada a mi cráneo, otra a la de nuestro vecino y prorrumpió en una sonora carcajada (todos calvos, o casi).

1. Aunque calzar alude en su sentido etimológico a calzado, y calzoncillos debe, por aproximación, pertenecer a esa misma familia, el cuerpo me pedía escribir el neologismo calzoncillaba, pretérito imperfecto de calzoncillar, un verbo magnífico que podría tener el mismo uso que vestir o calzar en vestía con pantalones vaqueros y una cazadora de lana, y calzaba unos zapatillas de loneta roja.

Todos mis amigos son superhéroes2. Mis hijos, mi madre, mi tía Cecilia y mi mujer (si no recuerdo mal) ya están advertidos —desde hace tiempo— de que poseo superpoderes (nacieron a raíz, sobre todo, de la lectura de Todos mis amigos son superhéroes). Entre mis superpoderes más destacados: el superpoder de rotulación (cajas, folios, carteles…), la supervisión (pero no la que viene de supervisar, sino la súper-visión de un miope, hipermétrico, astigmático y estrábico, que consigue recordar donde están las cosas), la supermemoria para el conocimiento inútil (recuerdo todas las tonterías que me cuentan, las cosas serias, no); la superconcentración (casi toda la masa de mi cuerpo se superconcentra en mi supermusculosa barriga); el superpoder supersopinstante (mi gran capacidad para quedarme sopas al instante y no oír ni siquiera los ladridos superhuracanados de mi perro); la supercurvación (superpoder adquirido de mi padre, cuya máxima virtud es ir a mayor velocidad en los tramos curvos que en los rectos), etcétera.

Nota: basado en una historia real (Hospital General de Valencia, noche del domingo 14 al lunes 15 de abril de 2013). Mi mujer está bien; mis calzoncillos, también. Lo único que le faltó a esa noche fue estamparle un beso al abuelete cuando nosotros salimos de la consulta. Por una vez en mucho tiempo, reprimí mi ternura. Nos saludamos, eso sí, nos reconoció y nos lanzó una sonrisa encantadora (y llena de mellas), seguramente se habría intentado levantar unas cuantas veces más de la silla de ruedas y las enfermeras lo habrían llevado a uno de esos mal llamados sillones de hospital (de los incómodos). Sólo espero que ese hombre esté bien.

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  1. Regalos – Oxígeno a la vida linked to this post.

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