La autoridad y los autoritarios

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El cielo es el límite.jpg

Puedes leer la última edición bajo el sello Debolsillo, de la casa Random House Mondadori.

Los libros son regalos en los que encontramos muchas ideas. Hace poco leí El cielo es el límite del doctor Wayne Dyer (por recomendación del bueno de Javier Iriondo, quien me lo llevó a mi mesa un martes por la tarde, mientras compartíamos biblioteca), un libro cuyas páginas contienen reflexiones muy suculentas e interesantes, como la que sigue, que no es si no una llamada de atención a la autoridad, que a veces se ciega y nos ciega:

No puede defenderse el principio de que debe obedecerse siempre la ley. Si las leyes son inmorales, deben desafiarse y desobedecerse. Del mismo modo, si una imagen de autoridad abusa de usted, no está obligado a seguir sus dictados. Si alguien insiste en que debe ser usted exactamente como los demás para ser un buen miembro de la familia o de la sociedad, es absolutamente vital que se niegue a someterse y que se afirme como un individuo que tiene dignidad propia y se respeta a sí mismo.

En una ocasión discutí con un oficial de policía de Nuevo México cuya tarea era poner multas por exceso de velocidad a conductores que superaban en pocos kilómetros por hora la velocidad límite en medio del desierto, donde no vivía nadie en cien kilómetros a la redonda y se podía ver otro coche cada quince minutos. El oficial de policía admitió que el exceso de velocidad de ocho o diez kilómetros por hora por el que multaba no ponía en peligro la vida de nadie y que era una ley estúpida, que estaba castigando a la gente más que imponiendo normas de seguridad en carretera, y que se trataba de una práctica ruin: el estado le empleaba en el contro de una “trampa de velocidad” en la que se explotaba a los “visitantes” imponiéndoles un límite de velocidad ridículamente bajo. Aun así, él “iba a trabajar” todos los días, y esperaba al pie de una colina, donde la mayoría de los conductores ni se molestaban en pisar los frenos sólo para cumplir con la pequeña señal que aparecía súbitamente y que decía “Velocidad límite: 90 kilómetros por hora”.

Cuando le propuse que se negara a aceptar aquella misión, o que intentara que sus superiores cambiasen aquella ley, o que se quejase a sus superiores, sonrió y dijo que él se limitaba a hacer su trabajo y que no le correspondía a él a elaborar las leyes o decidir cómo debían ponerse en práctica. Se sometía a una ley injusta y lo sabía, pero ni siquiera concebía la posibilidad de ponerla en entredicho, oponerse a ella o negarse a aplicarla a otros.

Wayne Dyer. El cielo es el límite. Grijalbo, 1981. Páginas 82 y 83.

Por volver al ejemplo de Dyer, que levante la mano quien no haya recibido alguna multa injusta. Y que levante la mano quien haya aplicado, escrito o concebido una ley injusta.

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