Carlsen por un rato

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¿Qué ajedrecista no ha soñado alguna vez con jugar una partida perfecta (dentro de lo posible), una partida dura, tensa y bien conducida?

Creo que todos hemos soñado eso alguna vez. Algunos, como Kaspárov, Kárpov, Fischer, Capablanca o Carlsen¹, lo han logrado por méritos propios. Otros, como este humilde servidor, hemos tenido la inmensa fortuna de saber qué es jugar al más alto nivel, aunque sea de rebote.

Resulta que en la II Gran Fiesta del Ajedrez estuve, casi por una vez en la vida, en el lugar adecuado y en el momento preciso. ¿Cómo lo logré?:

El clan de la risa, con Sopiko Guramishvili, tratando de resolver un problema de ajedrez durante el desayuno. Fotografía de Federico Marín Bellón (a la izquierda en la imagen).

El clan de la risa, con Sopiko Guramishvili, tratando de resolver un problema de ajedrez durante el desayuno. Fotografía de Federico Marín Bellón (a la izquierda en la imagen).

Nos hallábamos amigos, sabios y organizadores² desayunando juntos en el hotel. Conversando, conversando salió a colación lo de las partidas a la ciega que se iban a disputar por la tarde. Para situarnos en contexto, las partidas que jugarían los grandes maestros (esa tarde Carlsen y Bruzón) en el torneo cuadrangular cerrado contenían un halo de misterio y teatralidad: los jugadores, en sendos sillones (y de cara al público, y con los ojos vendados), jugarían una verdadera partida a la ciega (a diferencia de otros torneos en los que se juega a la semiciega, pues éstos operan directamente en un ordenador en cuya pantalla aparece escrito el último movimiento efectuado y un tablero vacío). Para la retransmisión de las partidas había un pequeño debate técnico. Miguel Illescas (entre otros: creo recordar que también Leontxo García apoyaba esa causa) opinaba que en el escenario, cerca de los contendientes, debería estar el tablero de retransmisión (la ejecución material de los movimientos que dictasen los maestros). Pensaba que eso no le restaría magia a la partida y podría servir de apoyo a los jugadores: siempre tendrían la referencia acústica cuando los operadores pulsasen el reloj, sobre todo si caían en apuros de tiempo y, además, se facilitaría la labor arbitral. Por otro lado, el público vería cómo se iban ejecutando esas jugadas en un tablero físico que luego lanzaría la señal al ciberespacio.

La otra opción era la de que todo el equipo de retransmisión estuviese detrás de los telones y que los focos se centrasen únicamente en los dos protagonistas ciegos: todo muy estético y muy puro. El problema, según ellos, residía en que la partida se haría más lenta: el árbitro tendría que escuchar la jugada cantada, ausentarse del escenario, transmitir ese movimiento al operador, esperar a que éste la ejecutase en el tablero (o hacerlo él mismo), se pulsase el reloj y regresar al escenario. Y realizar esta operación jugada a jugada.

En ésas estábamos, viendo las opciones («Claro, harán falta operadores que sepan algo de inglés y de ajedrez». «Las chicas están jugando su torneo³ e igual no pueden»…), cuando se hizo un breve silencio y aparecí en escena (bueno, en escena entré por la tarde) y, casi con la ilusión de un chiquillo, exclamé: «Si esta tarde necesitáis operador, me pido Carlsen».

Operador de Carlsen en la UNAM. Fotografía de Federico Marín Bellón.

Operador de Carlsen en la UNAM. Fotografía de Federico Marín Bellón.

Al cabo del rato apareció Marcelino Sión (director del equipo organizador) y me dijo: «Yago, sobre las cinco estate cerca de la sala Miguel Covarrubias por si te necesitamos» [«¡Bien!», pensé, «aún albergo una esperanza»].

Y me necesitaron. Esa tarde de viernes (23 de noviembre de 2012) me senté ante Olga Alexándrova para ejecutar las jugadas que cantasen los maestros ante el mundo. Acadados los nervios, firmadas las tablas, aproveché para bromear con Carlsen en un inglés suficientemente chusco: «Magnus, creo que ésta ha sido la mejor partida de mi vida. Creo que esta tarde he jugado la mejor partida de mi vida». Me miró a los ojos, calibró mis palabras y sonrió. Acto seguido, me dirigí a Lázaro Bruzón y le estreché la mano: «Maestro, tablas».

Como si de una gran fiesta de ajedrez se tratase, esto no acabó aquí: en el clan de la risa empezamos a trazar hipotéticas chanzas, a cada cual más alocada: «Haberle dicho que si no te concedía una entrevista le jugabas otra cosa». «Carlsen, mira, esa jugada no es buena, ¿quieres que haga esta otra?». «Carlsen, tengo una hija casadera de tu edad y ¡no me importaría ser tu yerno!» (todo de manera informal, claro, ninguno se atrevería a decir nada de esto en realidad).

¿Qué hacer aquí: Tb2 o Tb3?

¿Qué hacer aquí: …Tb2 o …Tb3?

La valiente f4 no funciona si la torre está en 'b3'.

La valiente f4 no funciona si la torre está en ‘b3’. ¿Fue Judit la única que oyó …Tb2?

La tarde del sábado, con negras también, me puse en el pellejo de Manuel León Hoyos, para empatar con Judit Polgar. En esta partida se produjo una confusión divertida: a la altura del movimiento 30º de las negras llevé la torre a ‘b3’, que sólo valía ante el hipotético error 31 f4, que ejecutó Judit. Nos quedamos sin aliento, sobre todo cuando León, en lugar de capturar …Txg3+, continuó por otros derroteros. La operadora de blancas de ese día, Sopiko Guramishvili, el árbitro que vigilaba que todo estuviera en su sitio, Antonio Juano, y este humildérrimo operador (amén de la mayor parte del público asistente) oímos «torre b3» (lo dijo, realmente, en inglés, y lo dijo así: ruk bi zru) en dos ocasiones, pues justamente ese movimiento nos produjo cierto grado de desconcierto (la jugada no era demasiado lógica, y parecía mejor 30 … Tb2). Solventado ese error, Carlos, Gra, Federico y yo nos prometimos subvencionar unas clases de dicción a nuestro querido Manuel León, a quien felicitamos por la gran partida que jugó a la ciega contra Polgar, pues la tuvo contra las cuerdas durante un buen rato (y eso no es tan fácil).

Sopiko Guramishvili y Yago Gallach, operadores de Polgar y León Hoyos. ¡Tablas! Fotografía de Federico Marín Bellón

Sopiko Guramishvili y Yago Gallach, operadores de Polgar y León Hoyos. ¡Tablas! Fotografía de Federico Marín Bellón

El domingo no pude jugar la final (Carlsen – Polgar), ya que las encantadoras operadoras designadas para ese día fueron Sopiko y Olga, lo que me concedió la oportunidad de ver una partida magistral del noruego, quien, en una situación en la que necesitaba ganar sí o sí, resolvió con contundencia.

Lo dicho, la mejor partida de mi vida no la jugué yo.

1. Si uno se pone a nombrar grandes jugadores o partidas, se queda solo (y sin público).

2. Miguel Illescas, que no hizo las veces estrictamente de organizador, pero trabajó en el cuerpo técnico en el apartado de comunicación, difusión, narración de partidas. Y dio consejos al equipo organizador.

3. Magistral de Grandes Maestras, que a la postre ganó la española Olga Alexándrova.

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