La bella durmiente

· Oxígeno
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Toda criatura encantadora está, por fuerza, encantada. Y Paula lo es (encantadora) y lo está (encantada). Con ella se podrían escribir los más dulces, divertidos, extraños y apacibles cuentos.

De momento, su suave respiración va contando sus primeros sueños:

Al principio, se oye un suave aletear de afanosas abejas en pos de unos cubos de miel, que transportan hacia el panal. Claro, el oso tiene hambre (y no sólo le gusta la uva). Abajo, escondidas entre la hierba fresca, unas setas asmáticas salen de la sauna y se tumban al sol. Un poco a la izquierda, del río aparece una moto conducida por un mono atropellado que, casualidades de la vida, acaba atropellando a una momia (la pobre), que estaba tumbada en una hamaca. Sí, sí, en la hamaca. Como hacía sol… A la derecha, en el torreón del castillo, Fo, la foca pintora, está tomando apuntes para un cuadro en el que aparecerá el foso lleno de cocodrilos. Uno de ellos le gusta mucho. Se llama, Drilo, y es un coco al que no le gusta hacer deporte. Por eso está fofo y, en lugar de rugir (¿mamá, los cocodrilos mugen, rugen, pían, barritan, maúllan?), juega al dominó. Acaba de poner el 6 doble, para cerrar el sueño.

Hay que ver, ¡los sueños de Paula se cierran con fichas de dominó!

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